Sandokan
La memoria no
es una ciencia exacta. Y cada vez lo es menos mientras más pasa el tiempo. Pero,
al menos podemos ubicar ciertos eventos como referencias. Pequeñas apachetas en
distintos puntos del camino de nuestras vidas. Cosas que fueron importantes,
que significaron un quiebre, una bisagra en nuestras vidas.
Uno de estos eventos fue el encuentro cara a
cara con la primera novela de aventuras. Yo cursaba el quinto o sexto grado del
primario. Mi viejo manejaba su propio taxi todo el día. Su estrategia era
simple, rotar lo menos posible, y estacionarse en la parada de la zona
financiera de la ciudad esperando un pasajero. De esta manera ahorraba
combustible, y compartía junto a otros compañeros obreros del volante algunos
chistes, esperanzas, penurias, y por supuesto la espera del tropel de gente
urgida por llegar a algún destino, o volver a casa con ambas manos ocupadas por
las compras navideñas. Ya ha pasado la mitad de la década del ochenta. En
Argentina ya lucíamos una segunda estrella en la camiseta de la selección,
proeza lograda con la ayuda de D10s.
En casa
disfrutábamos de nuestra primera tele a color. Poder ver los “dibujitos” de la
tarde en colores era de esas alegrías familiares que se disfrutaban realmente.
En realidad, lo habíamos estrenado para el mundial. Pero, no todo eran rosas. Realmente casi nada
“eran rosas”. Era una época dura, una de las tantas crisis. Los coletazos de la
dictadura que había dejado además del horror, tierra arrasada. Aunque yo era un
niño, no era impermeable a las vicisitudes de una economía muy complicada. Mi
vieja solía fingir algún malestar a la hora de cenar, y se iba a dormir con
unos mates lavados en la panza. Nunca sin antes darnos de comer a mis hermanas
y a mí. Y hacernos acostar, dejar mochilas y guardapolvos listos para el otro
día.
Como buenos niños solíamos quejarnos si la comida no era la preferida, en ese momento ignoraba por completo la trastienda de la puesta en escena de mi vieja. Pero no siempre era así. Viernes a la noche, por ejemplo, era sagrada la pizza cuadrada que hacia la vieja. Masa casera, salsa hecha con tomates triturados a cuchillo, mucho queso, aceitunas enormes. Coca de vidrio para los chicos cuando se podía, a veces una TAB también era bienvenida. Un vino montonero y soda para los grandes, toda la familia junta mirando la novela de las nueve de la noche. La tele presidia el Living comedor a esa hora. En la propaganda hablábamos, es decir el viejo nos interrogaba sobre cómo nos iba en el cole. Al volver el programa solo la crocancia de la masa chocando con las muelas cortaba el silencio.
El asado del
domingo era otra costumbre que el viejo se esforzaba en mantener. No siempre lo
lograba, pero si había se comía a las doce en punto. Había que ver como
preparaba todo para el fuego, limpiaba la parrilla, salaba la carne, tomaba
vino, con la paciencia y prestancia de un monje tibetano. Finalmente, la tira
de costilla tocaba los fierros calientes. “El lado del hueso para abajo
primero” explicaba para quien lo quisiera oír. A mí me fascinaba todo el
ritual, una alquimia practicada con precisión por un hechicero puteador.
***
Una tarde
otoñal como otras, de esas en que el aroma a chocolatada caliente y tostada con
manteca todavía persistía en el ambiente. La vieja dejaba de planchar, y se
preparaba para cocinar la cena. La tele proyectaba la imagen de un señor de
traje que leía las noticias con gesto adusto. Mis hermanas y yo terminábamos
las tareas del colegio. De repente un sonido de bocina llegaba desde afuera.
Anunciaba la llegada del viejo activando un protocolo, en el que cada uno sabía
lo que tenía que hacer. Yo corrí a abrir el portón de la cochera, una rutina
que me había sido asignada. Yo me imaginaba que estaba en un submarino bajo el
mar, y de mi dependía que toda la misión fuera exitosa. Desde chico ya
fantaseaba con las situaciones o las personas, esto no mejoro con los años. Pero
algo esa tarde era distinto. Al bajarse
del auto mi viejo coloca en mis manos, con bastante impaciencia, una bolsa plástica
negra. La misma contenía un objeto duro, y rectangular en su interior.
A modo de explicación me dijo: “Es de aventuras, te va a gustar” ante mi atónita mirada. Acto seguido siguió su camino hacia el interior de la casa donde mis dos hermanas formaban el comité de bienvenida. Corrí con rumbo a mi habitación. Me tiré en la cama, y finalmente pude revelar el preciado contenido de la bolsa. Ante mí se materializo una edición usada de Sandokan, de Emilio Salgari. En cuya tapa se podía ver un deslucido dibujo a colores del musculoso pirata blandiendo su sable. Mi primer instinto al abrirlo no fue leerlo sino acercarlo a mi nariz y olerlo. Ese inconfundible aroma a papel viejo con dejos de vainilla que tienen los libros usados. Todavía persiste muy fresco en mi memoria ese aroma. Tuve muchos otros con el paso de los años que olían parecido pero ese era distinto, especial de algún modo.
De inmediato
me puse a leer. Traerme de vuelta desde lo profundo de la selva de Borneo
(donde estaba la acción a esa altura de la novela), le costó varias llamadas a comer
a mi vieja. Hasta ligue algún reto, eso que yo no era de hacerme rogar al
llamado a comer. Al llegar a la mesa la vieja me recriminaba que la cena se
enfriaba. La cara de mi viejo en cambio expresaba satisfacción mirándome. En
ese momento no lo entendí por su puesto, paro ahora que lo pienso, su
enigmática media sonrisa escondería un “te pico el bicho de la literatura”.
Aquella tarde
noche de otoño, bastante lejos en el tiempo, configura un momento crucial en mi
vida. Otros padres, por esa época ponían en manos de sus hijos: un rifle de aire
comprimido, un primer vaso de vino con soda, o los sentaban al comando de un
Dodge Impala por primera vez. En mis manos, mi viejo puso un libro. Uno que
compro de saldo en las casas de libros usados. Uno que quizá tenía alguna
conexión directa con su niñez, no lo sé.
Con aquel
hombre siempre tuvimos una relación distante. De niño, lo veía como un héroe.
Aunque su ausencia la mayor parte del día en la casa, lo excluía de la mayoría
de mis vivencias. No niego que, en actos escolares, o eventos deportivos, a
veces levantaba la vista hacia el público con la esperanza de ver su cara. Solo
en un evento estuvo presente por esa época, incluso hay fotos que lo
atestiguan. Fue en mi primera comunión A medida que crecía la relación se hacía
más lejana. No se preocupó demasiado en entender mis códigos, ni mis motivos
adolescentes. Tampoco los que vinieron después.
Pero, aquella tarde otoñal, se bajó del auto
como cada vez que llegaba a la parada del centro. Solo que no se detuvo a
conversar en la ronda de compañeros. Esa tarde cruzo la calle, entro en la
pequeña librería de saldo, abarrotada de mirones, y recorrió los estantes pensando
en regalarme aquel libro. Con ese acto creo que totalmente consiente del efecto
que produciría en mí. O al menos con la esperanza de que se produjera algún
efecto. Lo cierto es que abrió en mi mente la puerta a múltiples universos
paralelos. Empujo la primera ficha de domino de la larga y sinuosa línea que me
deposita hoy frente a una hoja en blanco, tratando de dar forma y sentido a un
montón de palabras. Sin tener en claro a donde me llevara esta aventura de la
escritura, pero con la firme convicción de que algunas cosas deben ser dichas,
y yo estoy para escribirlas. Por ese acto de rebeldía contra la rutina y el
acostumbramiento, esa decisión valiente de cruzar la calle y entrar en la
librería pensando en mí, voy a estarle eternamente agradecido.
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