Una pequeña historia de guerra

 


         

Te voy a hablar de Malvinas. Si, ya sé que el día del veterano y los caídos es el 2 de abril. Esta establecido, el día designado, como si lo que uno siente, solo pudiera sentirlo un día que se le ocurrió a un milico en estado de ebriedad, y con sobreestima de su estampa de general Patton de las pampas. No mi amigo, ese tipo con un traje que le queda grande, o esa señora paqueta hija de milicos, que intentan apropiarse de un día tan significativo, no van a decirme a mí que día puedo hablar y de qué.

Además, ese día hablan todos, incluso los que mejor no hubieran dicho nada. Te quieren explicar de estrategia militar, a cuanto vuela un Mirage III, del valor en combate, del clima en las islas, de la importancia geo política, y bla bla bla.

Escuchame (o leeme) 3 minutos, la historia que quiero contarte tiene más que ver con vos, si con vos, con tu vecino, con tus amigos. Es una historia pequeña, anónima, de esas que vuelan bajo el radar (como los A-4 Skyhawk). Es una historia narrada por un adulto, un adulto que en la época de la guerra era un bebe. Un pequeño que tenía un hermano mayor al que no conoció, porque cuando él era bebe, su hermano, como tantos colimbas clase 63, fue destinado a las Islas en el lejano sur.

Cuando tuvo la suficiente conciencia, le contaron quien era ese pibe de las fotos del living, y por qué todos lagrimeaban al verlas. Había cierto parecido, pero el pibe de las fotos vestía un uniforme verde oliva en una de ellas, y una ropa un poco pasada de moda en otras. No solo le explicaron quien era, y que había hecho, sino que tuvo acceso a unas cartas manuscritas de puño y letra por ese pibe. Epístolas que su madre atesoraba como reliquias sagradas dentro de una bolsita de terciopelo negro, en el fondo del cajón de su ropa. Debo aclararte estimado centenial y generación Z, que efectivamente la gente en una época no tan lejana escribía con sus manos, usando una lapicera, en un papel, cartas para enviarlas a alguien querido, ¿qué loco no?

Poco a poco este adolecente fue entendiendo, a fuerza de leer y re leer esas cartas, que le habían arrebatado la chance de compartir la vida con ese pibe, con su hermano mayor. Al ir creciendo fue descubriendo mejor la personalidad de ese chico, en esa época tenía más edad que su hermano al partir hacia el sur, le emocionaba mucho tomarse unos minutos para abordar alguna de las cartas cada 2 de abril. Cartas que ahora atesora él. Particularmente le destroza el corazón el párrafo donde su hermano escribía: “Yo estoy bien vieja, hace frio mucho frio, pero permanecemos cerca con los compañeros y nos damos ánimos. Dicen que vamos ganando, que los hijos de puta de los ingleses mueren como moscas, y que pronto pedirán negociar la paz. Todavía no vi a ninguno en donde estoy. Decile al viejo que solo puedo pensar en sus asados, y que acá practique mucho, y cuando vuelva lo voy a tener de hijo con el truco. Espero que esto termine pronto, tengo ganas de volver y abrazarlos a todos. Siéntanse orgullosos de su hijo, acá haciendo patria en medio de la turba en Las Malvinas”. Ahora sabe, porque ha leído, y por los miles de relatos que hay en la internet, que cuando sus padres leían esa carta con los ojos llorosos, su hermano, aquel pibe que solo conoció años después por unas fotos viejas, hacia días había muerto en la batalla de monte Longdon. La imagen del cuerpo semi congelado de aquel pibe, tirado tras las piedras, con las manos tomándose el abdomen perforado, y una mueca eterna de dolor en el rostro, le parte el corazón, lo destroza por dentro. Trata de reprimir esa imagen, pero vuelve a su mente cada tanto a torturarlo. El, carga hoy con todo el llanto desgarrador de su madre, que resuena como el aullido dolido de una loba en lo profundo del bosque. También con la tristeza mal disimulada, y contenida a medias de su padre, y por su puesto con el suyo propio.

Encontró una oportunidad de volcarlo en una hoja de un cuaderno, letra por letra, y compartirlo valientemente en el taller de escritura que coordino. “No es cuento, y seguro me va traicionar la emoción profe, (ellos me llaman injustificadamente “profe”) pero quiero compartirlo con ustedes, es algo que toda mi vida me ha dolido. Es una pequeña historia sobre alguien que no conocí en persona, pero que siento que quiero mucho.”

Así nos anunció que íbamos a escuchar una historia muy especial. No hace falta aclara que la emoción nos invadió a todos. Después de algunas paradas para secarse los ojos, y despejar la voz entrecortada logro terminar su relato.

Esta pequeña gran historia nos debería hacer reflexionar, que significa Malvinas para todos nosotros, que hay ahí que nos pueda interesar estando tan lejos. Solo es la historia de una persona común, como vos, o como yo, con un hermano mayor al nunca pudo abrazar. Pero que hoy por hoy es uno de los más de 230 centinelas que custodian eternamente esas tierras nuestras, hasta que lleguemos un día a izar la celeste y blanca, y a decirles descansen muchachos, misión cumplida.

 

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