Combustión interna

 Sobre la cama de dos plazas hay dos cajas. Una de madera de pino barnizada, nada fuera de lo común. La otra de cartón, antiguo embalaje del horno microondas. La de pino contiene las cenizas de su madre, fallecida el día anterior. En la otra, la de cartón, los huesos de su padre, muerto hace cuatro años.

En un costado de la cama, sentado en una incómoda silla, Marcial las contempla con la espalda recta y casi inmóvil. En la tele están pasando un documental, de Animal Planet, un enorme cocodrilo atrapa y zamarrea a una pequeña cría de gacela. La pulsión constante en su vejiga, lo saca de la abstracción y le recuerda que hace varias horas que está en la misma posición. Le cuesta levantarse para ir al baño. Ya en plena tarea de satisfacer su necesidad, y mirando el chorro golpear la taza del inodoro, se le ocurre una solución al tema que da vueltas en su mente desde hace veinticuatro horas.

***

Por la mañana le entregaron la cajita lustrosa y sencilla con las cenizas de su vieja. No hubo ceremonia, ni velorio, solo un trámite burocrático. Se llevó la caja bajo el brazo. Caminó desde el crematorio camino a Colonia Tirolesa, hasta su casa en Villa Retiro. Prendió un porro para hacer más ameno el camino. Cuando llegó dejó la caja de madera junto a la de cartón sobre la cama. Sentía mucha sed y hambre por el bajón. Fue a la heladera, sacó fiambre y queso, y se preparó un sándwich. Lo comió y tomó media Coca-Cola. Después pasó por la puerta de la pieza de su vieja, y se colgó mirando las cajas. Puso especial atención a la de cartón, donde estaban los huesos de su padre. Recordó como discutió con su vieja cuando esta le pidió que «le traiga a su esposo».

—¡Estás loca!, no se puede —le dijo furioso— es un delito exhumar un cadáver.

—No hables así, es tu padre. Además, lo extraño, no sé cuánto me queda Marcial, es mi último deseo.

No recuerda cómo se dejó convencer. Es decir, siempre fue un poco débil de carácter, pero a ese pedido no quería hacerlo. Sin embargo, la noche siguiente, se encontró saltando el alambrado del cementerio. Diez minutos después, golpeaba con la pala de punta la tierra media blanda de una tumba alejada. En un descanso de la faena levantó la vista y leyó su nombre en la lápida, Marcial Pereyra (se llamaba igual a su padre), sintió escalofríos y apuró la tarea de cavar. Cuando llegó al ataúd, corrió las maderas podridas de la tapa con temor, no sabía que podría encontrar. Solo había huesos entreverados con jirones de tela, que supuso alguna vez fueron la ropa. Los metió en una bolsa de consorcio negra uno por uno, al último el cráneo sin mandíbula.

El pedido se lo hizo su vieja el mismo día que le diagnosticaron el tumor cerebral con metástasis en otros órganos. Al poco tiempo ella murió, no fue fácil el mientras tanto, en realidad, con su madre no había sido fácil nunca.

***

Ahora, mientras sube el cierre de su bragueta, sabe exactamente lo que va a hacer. Pero antes necesita tomar algo, se asoma a la ventana y ve que la despensa todavía está abierta. Se arma un porro, y lo fuma, mientras camina hasta el almacén. En la oscuridad no la ve venir, pero se le adelanta una vieja, justo cuando llega a la puerta de la despensa. Cuando el almacenero la atiende dice:

—Atiéndalo al hombre —señalando a Marcial. Señal de que quiere pedir fiado.

—Yo quiero una cerveza —pide Marcial, mirando a la vieja con los ojos enrojecidos y gesto agradecido.

—No puedo venderte alcohol —dice el almacenero, con cara de embole.

—¿Por qué no?

—Por la veda electoral amigo —le responde mirando de reojo a la vieja.

—Pero una cervecita, ¿quién se chupa con una cervecita?

La vieja rebolea los ojos mirando a uno y otro.

—No puedo viejo, no me comprometas por favor.

—Ok —dice marcial mirando a ambos, y notando por primera vez, la presencia de la hermana del almacenero —Ta luego entonces. Mientras sale escucha a la vieja cuchichear, pero no entiende lo que dice.

Mientras camina de vuelta a su casa, escucha un chistido, y otro, y después una voz femenina que lo llama ‹‹Marcial››. Cuando se gira ve a la hermana del almacenero, que trata de alcanzarlo con una corridita. Cuando lo alcanza, saca de abajo del buzo una cerveza Iguana de litro.

—Tomá, no te la podía dar por la vieja esa, ya nos denunció otras veces.

—Te agradezco mucho —dijo Marcial sorprendido, y le tendió un billete de cien pesos.

—No, dejá otro día me invitas a tomar una, y quedamos a mano —le dijo la flaca sonriendo.

Se da media vuelta y se va corriendo para adentro del almacén. Marcial se la queda mirando un rato.

Mientras toma la birra, cuenta la plata que le queda, tres mil pesos, ‹‹para arrancar está bien›› piensa. Se toma otro vaso de cerveza y se prende otro porro, le hace una larga seca, y arranca con la tarea. Agarra los huesos de su padre, menos el cráneo, y los pone en una bolsa de friselina, que usa para hacer las compras. Después agarra el martillo para ablandar las milanesas, y los golpea tratando de molerlos lo que más puede. Cada tanto abre la bolsa, revisa el contenido, y sigue moliendo. Cuando considera que ya es suficiente, los lleva al baño y los tira por el inodoro. Tiene que tirar la cadena tres veces para que todo pase.

Agarra el cráneo y lo deja sobre la mesa. Después agarra la caja con las cenizas de su madre. La abre, y saca una bolsita plástica sellada al vacío con lo que quedaba de la difunta. Se le ocurre que parece un paquete de puré instantáneo. Abre la bolsa y arroja el contenido al inodoro también, ‹‹andá a la puta que te parió›› dice mientras cae la ceniza. Aprieta el botón del depósito y sale del baño sin mirar atrás.

Busca el bidón de Kerosene en el patio, y lo rocía por toda la casa. Cuando termina, se toma lo que queda de cerveza de la botella, mientras contempla el cráneo de su padre sobre la mesa. Lo mira un rato. Lo agarra y lo guarda en su morral entre sus pocas ropas. Se cuelga el bolsito y se para en la puerta. Prende el último porro que le queda, y con el mismo fósforo prende un papel de diario, y lo arroja al combustible chorreado por el suelo.

Tres cuadras más allá, se para a mirar las llamas que consumen la casa donde vivió toda su vida. Mientras fuma el porro, alucina con los colores y formas que se dibujaban en la oscuridad en torno al fuego. Los vecinos y curiosos que se aglutinan, parecen pequeñas figuras danzando alrededor de las llamas. Le parece graciosa esa idea, y sonriendo se da media vuelta y continúa su viaje sintiéndose libre por primera vez.

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