¿Y esas flores?

 Y no te voy a negar que la extraño a la negra. Si ya desde el vamos tenía un nombre cautivador, Ágata. Cada vez que se la presentaba a alguien, me sentía como si la hubiese conocido en el Expreso de Oriente.

En esa época, yo me había separado después de veinte años de matrimonio. Mi hijo ese mismo año se fue a Canadá a probar suerte. No daba más de tristeza y soledad. Solía cancelar los turnos de la tarde cada dos por tres, y me iba a casa escuchar música, ver la tele, y sobre todo tomar Wiski. Estaba hecho un boludo.

En ese contexto, ella llegó a mi vida. Como muchos de los grandes amores, el nuestro fue a primera vista. Nunca voy a olvidar esos ojos negros, con ese brillo de picardía inocultable. Debo confesar que, a pesar de sentirme cautivado por ella, al principio me resistí un poco a la convivencia. Venía con la inercia de la soledad, y me había acostumbrado. Permitir entrar a alguien en mi vida era un cambio al que no estaba dispuesto del todo.

Sin embargo, ella supo saltar esa barrera. No porque hiciera algo en particular, solo con estar ahí para mí, fue suficiente. Después de eso me permití disfrutar de su compañía y fue la mejor decisión que pude haber tomado. Ella se mudó a mi casa al poco tiempo, y por supuesto se volvió el sol alrededor del cual yo giraba. Atenderla le dio un nuevo sentido a mi vida.

Contrariamente a lo que se podría pensar, la diferencia de edad entre nosotros, no representaba un problema. Teníamos nuestras diferencias claro. Ella siempre insistía en salir, por ejemplo, y yo no siempre estaba dispuesto. También había algún problema cuando yo no la incluía en alguna salida mía. Teniendo en cuenta que nada es perfecto, se podría resumir que fueron años muy felices. Ella me salvó de vaya a saber cuántas cosas.

Con el tiempo ese flechazo inicial se fue convirtiendo en un amor inmenso, incondicional. No nos hacía falta hablar, los gestos, las miradas eran suficientes para entendernos. De ella aprendí que el amor no viene en una sola forma. Todos mis años de juventud los desperdicié luchando por imponerme como profesional, por lograr una posición social. Todo aquello que creía correcto me costó un matrimonio, y además perderme toda la infancia de mi único hijo. Por suerte Ágata llegó a mí, en un momento de madurez suficiente para, teniendo en cuenta estas cosas, disfrutar de la felicidad que logramos juntos.

Pero, siempre hay un, pero. Sin importar cuanto uno haya aprendido de la vida, o cuan feliz se sienta, estas cosas no tienden a durar mucho. Un día noté que ese brillo que me había cautivado, ya no estaba en esos ojos. La llevé al médico. Pero ya era tarde, nos ofrecieron tratamientos paliativos, pero que no eran para curar. Preferimos ir a casa y estar juntos hasta el final. Y así fue, compartiendo en las buenas y en las malas también.

Cuando ella se fue, sentí que la brújula que me guiaba se me había roto. Otra vez me sentí solo. Pero esta vez no me deje ganar por la desesperación, a su lado experimenté cosas que nunca había vivido. En honor de eso no me permití derrumbarme, aunque el dolor fuera infinito. Su entierro fue sencillo, como era ella. Encontré un buen lugar para su descanso final. Era un poco alejado de la ciudad, pero era hermoso, y ella no merecía menos.

Volver a la casa vacía, ver sus cosas, sus marcas en cada rincón, fue muy doloroso. Hasta sentarme en el sofá a ver una serie, o disfrutar una copa de vino, se hacía insoportable sin sentir su cuerpo caliente apoyado al mío. Mi mano izquierda me sobraba al no poder acariciar su suave pelo.

Cada vez que el pecho se me ahogaba con su recuerdo, me subía al auto y la iba a visitarla. Siempre le llevaba unas flores blancas que a ella le gustaban mucho cuando paseábamos juntos por la plaza. Estas escapadas se hicieron cada vez más frecuentes, hasta que un buen día tomé la decisión: vendí mi casa en la ciudad, compré una más pequeña y modesta, pero en el pueblito cercano al cementerio donde reposaba Ágata. Recibí critica de mis amigos, y hasta de mi hijo desde la otra punta del continente. Pero, ¿cómo explicarles que el amor no termina con la muerte? Sin duda fue lo mejor que pude haber hecho. Cada mañana antes de que el día se consuma en múltiples actividades, pasaba y le dejaba su ramito de flores a ella. Notaba como los pibes que cuidaban el jardín del cementerio sonreían al verme pasar con las florecitas blancas, pensarían: «Que viejo boludo». Pero ya peinaba demasiadas canas para que me importara la visión de los demás.

Todo iba bien, hasta que una mañana encontré en su tumba, flores que yo no había dejado.

¿De qué se trataba esto?, ¿Quién había dejado esas flores?, ¿Era una broma cruel?, ¿A caso Ágata tenía una doble vida?, ¿Otro hombre la extrañaba tanto como yo?

Todas estas preguntas sin respuesta, me empezaban a obsesionar. la idea de que ella hubiera tenido otro amor se hacía insoportable. Me desvelaba noches enteras pensando en ello. Después de todo ella jamás hizo promesas, todas las expectativas estaban en mi cabeza. Tenía que llegar al fondo de esto.

Frecuenté la zona del cementerio, monté guardia en su tumba como si fuera un granadero. Hasta pensé en pasar la noche en el lugar. Me convencieron los muchachos que trabajaban ahí que no era buena idea, sobre todo porque era invierno. Se comprometieron a ayudarme a resolver el misterio.

Unos días después llevaba mi ofrenda, tranquilo. Cuando llego a su lecho, otra vez un ramito discreto, pero echo con esmero, de muchas flores de colores. Nadie vio nada, nadie escuchó nada. Frustrado con la nula pesquisa, me senté en un banco. El peso de la duda me abrumaba. De repente me sentí viejo, solo, triste. Tan sumido estaba en mi autocompasión que no reparé en la presencia de un tipo que se había detenido frente a la tumba de Ágata. Tenía en sus manos un envase de helado, que hacía las veces de cuenco, trasportaba agua, y se dispuso a limpiar con ella la pequeña lápida.

No reaccioné inmediatamente, pero cuando me cayó la ficha, fue como un martillazo en la nuca. Ahí estaba el hijo de puta, así sin más, a cara descubierta. Me acerqué furioso a él. Cuando estaba a menos de un par de metros el tipo se gira y me mira directamente. Era un hombre más o menos joven, pero muy mal trazado. Daba la sensación de que la vida le hubiera pasado por arriba.

—¿Usted era el compañero? —dijo con media sonrisa — espero no le moleste, pero tenía mucha tierra. No podía dejarla así.

Me dejó contrariado y confuso, solo atiné a responder:

—¿Y usted quién es? Quiero saber la verdad por dura que sea

Me miró y adivinó mi dolor. Sonrió amigable y me invitó un café.

Hoy me rio de todo aquello, pero en ese momento me sentí un viejo boludo. Gustavo, así se llama el tipo, me contó su tragedia. Su esposa y su pequeña hija murieron en un accidente de auto. Me contó también como esa tarde que conoció a Ágata sopesaba en su mente la idea del suicidio. Ella se le acercó, como si supiera, y puso su suave cabecita bajo su mano, y él empezó a acariciarla, poco a poco se fue animando, después se fue a su casa. Desde ese día, todas las tardes iba a la plaza buscándola. A veces la veía, cuando ella de tanto insistir, yo la dejaba salir sola. Él le compartía algo rico y así se fueron haciendo amigos.

Así es, Ágata la perra mestiza de pelaje negro, manchita blanca en el pecho, y hocico fino, que iluminó por quince años mi vida, le sobraba amor. Tanto que no solo me salvó a mí. Incluso tiempo después de irse, logro unir a dos almas, dos hombres rotos y aparentemente sin nada en común, en una amistad que dura hasta hoy. Mirá si no la voy a extrañar.

Comentarios

Entradas populares